Eran las ocho de la mañana
Linda apenas abría sus ojos
extasiada por los recuerdos
de la noche anterior, se levanto
en piloto automático porque su cuerpo
reaccionaba como de costumbre pero su mente
su corazón estaban en un abismo de recuerdos
tan hermosos que ella sin saberlo marcarían su existencia
por el resto de su vida.
Escucho a lo lejos una guitarra
que dejaba escapar dulces melodías;
eso la hizo despertar de su cuento de hadas
y corrió a buscar de donde provenían esas
melancólicas notas.
Al fondo del pasillo sentado sobre una cama
cubierta de retazos de telas con muchos colores,
en la esquina un ropero de color crema
con tres botones en sus gavetas
y unos cuantos versos pegados en sus puertas,
miro entonces a ese joven tenía una mirada profunda,
una sonrisa amable y su pelo como espinas,
miraba atenta sus dedos acariciar las cuerdas
repasaba una y otra vez las mismas notas,
como queriendo marcarlas en el viento,
era de contextura pequeña quien diría que se
convertiría en el hombre más grande que marcaría
los recuerdos más hermosos de su familia.
Linda nunca tuvo hermanos y menos amor fraternal
su padre era tosco y frío se sumergía noche tras noche
en la botella para desahogar las penas y vivir su propia vida.
Su abuelo era un hombre bueno pero con un abismo de distancia
no lograba expresar sus sentimientos a Linda.
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